Queridos Reyes Magos,
este año voy a intentar pediros las cosas con cierta madurez. O, al menos, con la que permite sobrevivir siendo director médico veterinario. La experiencia me ha enseñado que pedir milagros suele acabar en frustración, así que esta vez voy a ir a lo importante. A lo que, si llegara, cambiaría de verdad el día a día de la clínica.
Para empezar, me gustaría pediros un mes sin incendios constantes. No digo sin problemas —eso sería casi milagroso y poco realista—, sino sin crisis innecesarias, sin urgencias encadenadas y sin esa sensación permanente de estar apagando fuegos mientras alguien, en algún sitio, sigue echando gasolina. Un mes en el que el trabajo sea intenso, sí, pero gestionable. Ciencia ficción dura, lo sé.
También os pido tiempo real para liderar. Tiempo para hablar con el equipo sin hacerlo entre una consulta y una urgencia, para formar sin que parezca un favor personal, para pensar sin que suene el teléfono. Ser director médico no debería consistir únicamente en cubrir huecos, resolver conflictos y apagar las luces al final del día.
Si de verdad sois magos, os pediría que convirtierais la burocracia en tiempo de calidad. Menos papeleo y más espacio para el sentido común; porque últimamente pasamos más tiempo justificando cada paso que disfrutando de la medicina veterinaria bien hecha. Y ya que estamos, un RD 666/23 con menos zancadillas, menos miedo a equivocarse y más respeto por el criterio clínico cuando lo que está en juego es el tratamiento y la vida de un animal.
Aprovecho para pediros un convenio veterinario que ayude de verdad. Uno que permita hablar de salarios dignos, desarrollo profesional y conciliación sin que parezca que estamos pidiendo un trato VIP. Porque cuidar al equipo no debería ser un acto heroico, sino una base mínima para que la clínica no se caiga por agotamiento.
Hablando de números —porque sí, también lideramos con ellos—, os pediría un EBITDA que se pueda mirar con cierta tranquilidad. No para presumir, sino para poder reinvertir, mejorar instalaciones, apostar por tecnología y, sobre todo, cuidar personas sin vivir permanentemente en modo supervivencia. Que la rentabilidad deje de ser un tabú y se entienda por todo el equipo como una pieza clave del equilibrio de la clínica.
Para los equipos, os pido estabilidad real. Menos rotación, menos desgaste, más ganas de quedarse. Que trabajar en una clínica no sea una carrera de fondo sin línea de meta. Que la gente no venga solo a aguantar, sino a crecer. Y, si puede ser, sin tener que quemarse por el camino para demostrar compromiso.
Ah, y si os sobra algo de magia digital, mejores reseñas. O al menos más justas. De esas que no empiezan con “le pongo una estrella porque me pareció caro, aunque salvaron a mi perro”. Un poco de justicia algorítmica ayudaría bastante a la salud mental colectiva.
Para mí, personalmente, me gustaría dormir alguna noche sin repasar mentalmente todas las decisiones del día. No muchas. Alguna. Y poder desconectar sin sentir que todo se va a desordenar en cuanto me alejo dos horas. Ayudadme a delegar con responsabilidad, decisión y confianza.
También os pido criterio y paciencia. Para mí y para los demás. Para recordar que liderar no es acertar siempre, que equivocarse forma parte del trabajo y que hacerlo con honestidad ya es bastante en un entorno tan exigente como el nuestro.
Que haya más planificación y menos urgencia permanente. Más escucha y menos jerarquía mal entendida. Y la sensación serena, al bajar la persiana, de haber hecho las cosas bien.
Si todo esto es demasiado, podéis resumirlo en una sola cosa: que este nuevo año la clínica funcione un poco mejor sin perder por el camino a la gente buena.
