Hay momentos del año en los que cualquier detalle pesa más de lo habitual, y diciembre es, sin duda, uno de ellos. No se debe a la Navidad en sí, ni a las luces o a los discursos bienintencionados; ocurre porque mucha gente llega a estas fechas agotada. Cansada de verdad. Con el contador emocional bajo mínimos y esa sensación íntima de estar cerrando un ciclo, aunque no siempre sepa identificar exactamente cuál.
He visto equipos desgastados tras arrastrar meses complicados, guardias interminables y tensiones acumuladas. Me he fijado también en cómo un gesto auténtico, realizado en el momento justo, logró transformar el ambiente sin hacer ruido. No porque resolviera los problemas de raíz, sino porque transmitió algo esencial: “Os vemos. Sabemos por lo que habéis pasado. Importáis”.
Pero también he presenciado lo contrario: el silencio. Dejar pasar diciembre como si fuera un mes más bajo la premisa de que “ya hablaremos en enero”. Ese vacío, aunque sea involuntario, siempre se llena de interpretaciones. Porque en Navidad la gente no espera milagros, espera señales.
No es casualidad que muchos abandonos cobren forma emocionalmente en estas fechas. Aunque no se ejecuten en diciembre, se gestan durante ese balance silencioso que todos hacemos al cerrar el año. Es en esa reflexión íntima donde nace el “me quedo” o el “empiezo a buscar fuera”.
La diferencia entre comunicar algo en marzo o hacerlo en diciembre no está tanto en el contenido como en el contexto emocional. El cerebro humano procesa la información de forma distinta cuando está agotado y siente que un ciclo termina. La neurociencia respalda que el reconocimiento explícito y la reducción de la incertidumbre activan circuitos de seguridad y pertenencia. Cuando el cuerpo se relaja, la mente deja de estar a la defensiva. No es magia, es memoria emocional.
Por eso, una buena noticia en estas fechas, más que motivar, cuida. Cuida porque reduce la incertidumbre, aporta un suelo firme cuando el entorno es inestable y confirma al equipo que no ha sido invisible durante el año. El agradecimiento no debería reservarse para cuando todo va bien, sino precisamente para cuando el camino ha sido difícil.
Es ingenuo pensar que una buena noticia lo arregla todo, pero un gesto positivo o una conversación honesta a tiempo pueden evitar que alguien termine de romperse. El reconocimiento no tiene que ser grandioso para ser importante. Basta con nombrar lo que ha ido bien, reconocer el esfuerzo sin rodeos o dar una mínima certeza sobre lo que vendrá. A menudo, lo que marca la diferencia no es la magnitud del anuncio, sino el valor de no callarlo.
Diciembre no es un mes cualquiera. Es la oportunidad de cuidar a través de los detalles y de las palabras claras; de decir aquello que normalmente damos por hecho y de cerrar el año con honestidad y presencia. Al final, las personas olvidarán los datos exactos, pero recordarán cómo las hicimos sentir. Un gesto amable en Navidad quizá no cambie el trabajo, pero puede cambiar la forma en la que alguien decide continuar. Y esto, en equipos que lo han dado todo, no es poca cosa.
