Coherencia no disponible. Sonría y siga trabajando

Hay momentos en los que el trabajo no pesa por lo que haces, sino por no saber qué versión del líder te vas a encontrar al comenzar el día. No sabes si hoy tocará apoyo o reproche, cercanía o distancia, reconocimiento o silencio. Y trabajar así, día tras día, acaba pasando factura.

Porque hay un tipo de desgaste que no hace ruido. No aparece de golpe ni se anuncia con conflictos o discusiones evidentes. Se va colando despacio, casi sin que lo notes, hasta que un día descubres que trabajas cargando un manojo de dudas entre las manos. Ese desgaste silencioso, tan difícil de señalar como de soportar, nace de la incoherencia.

La incoherencia de un responsable que un día parece confiar en ti y al siguiente te corrige delante de todo el mundo. La incoherencia de quien hoy te pide iniciativa y mañana te reprocha no haber consultado cada paso. La incoherencia de no saber nunca qué versión te vas a encontrar al cruzar la puerta: la cercana o la irritable, la que acompaña o la que corta, la que suma… o la que machaca. Trabajar así es como caminar sobre arenas movedizas.

He visto a personas brillantes apagarse no por falta de capacidad, ni de ganas, ni de compromiso. Se apagaban porque nunca sabían si lo que hacían estaba bien… hasta que, de repente, estaba mal. Porque el criterio cambiaba según el día, el humor o la presión externa. Porque no había una referencia clara: solo reacciones. Y eso, aunque desde fuera no se note, por dentro desgasta muchísimo..

Porque cuando trabajas con miedo, ya no trabajas igual. Te vuelves más pequeño. Más prudente de la cuenta. Más silencioso. Empiezas a elegir el camino seguro aunque no sea el mejor. Dejas ideas en el cajón. Evitas destacar. Te arrugas un poco cada día.

Y nadie te dice que lo estás haciendo bien. Pero si te equivocas, la bronca llega. A veces en privado. A veces delante de otros. A veces con desprecio. Ese desequilibrio, castigo visible, reconocimiento ausente, es letal para la motivación.

Hay estudios que demuestran que los entornos con liderazgo errático generan niveles más altos de ansiedad, más errores por bloqueo y una menor sensación de autoeficacia. Dicho de forma sencilla: cuando no sabes qué se espera de ti, empiezas a dudar incluso de lo que sabes hacer bien.

He escuchado muchas veces la misma frase, dicha con cansancio: “Me gusta mi trabajo», pero no así. Personas que aman su profesión, que se han formado, que han renunciado a tiempo con su familia, a fines de semana, a energía personal… y que un día empiezan a preguntarse para qué. No porque el trabajo no merezca la pena, sino porque la forma en la que se sienten tratados no la merece.

Es especialmente duro cuando fuera todo parece correcto. No hay gritos constantes. No hay un conflicto evidente. Solo ese goteo de inseguridad. Esa sensación de estar siempre a prueba. De que nunca es suficiente. De que el silencio pesa más que cualquier reconocimiento.

Y entonces aparece el burnout. No como una explosión, sino como una retirada lenta. Menos ilusión. Menos implicación. Menos ganas. Hasta que un día, casi sin dramatismo, empiezas a mirar ofertas de trabajo. No porque quieras irte, sino porque necesitas dejar de sentirte así.

Lo más triste de todo esto es que muchas veces no hay mala intención. Hay «jefes» que no se dan cuenta del daño que provoca su incoherencia. Confunden cercanía con improvisación. Exigencia con dureza. Autoridad con cambios de criterio. Y no ven que, desde el otro lado, eso se vive como inseguridad pura.

Liderar no es ser perfecto. Pero sí es ser predecible en lo esencial. Decir las cosas claras. Mantener criterios. Corregir con respeto. Reconocer cuando algo se hace bien. No porque haga falta aplauso constante, sino porque el silencio prolongado también comunica. Y casi nunca comunica algo bueno.

Un equipo puede soportar presión. Puede soportar errores. Puede soportar momentos difíciles. Lo que cuesta soportar es no saber nunca dónde pisas.

He visto equipos enteros encogerse por esto. Y también he visto cómo, cuando alguien empieza a liderar con coherencia —no con perfección, con coherencia—, la gente vuelve a crecer. Vuelve a proponer. Vuelve a respirar. Vuelve a sentirse capaz.

Por eso creo que uno de los mayores actos de respeto hacia un equipo no es motivarlo, ni exigirlo, ni siquiera protegerlo. Es algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más difícil: ser coherente. Decir lo que piensas. Pensar lo que dices. Actuar en consecuencia. Y asumir que cada gesto, cada palabra y cada silencio construyen —o erosionan— la seguridad de quien trabaja contigo.

Porque, al final, nadie se va solo por el trabajo. La gente se va cuando trabajar deja de ser un lugar seguro. Cuando la duda pesa más que la tarea y el miedo ocupa más espacio que la vocación. Y cuando eso ocurre, ya no hay reconocimiento tardío, ni discurso reparador, ni gesto amable que lo arregle. Solo queda el daño hecho… y la pregunta de cuántas personas valiosas se perdieron antes de darse cuenta.

Deja un comentario