¿Qué puede revelar una clínica de su equipo antes de que alguien hable? A veces solo hace falta abrir la puerta de la sala de personal para entenderlo todo: el clima, la cultura y cómo se trabaja de verdad ahí dentro.
Hace un tiempo visité un centro 24h y viví una escena que se me quedó clavada. La sala de personal —si es que podía llamarse así— era un cuarto estrecho con un catre hundido, una cafetera cansada de tantos turnos y unas paredes que llevaban demasiado tiempo pidiendo auxilio. Nada estaba roto del todo, pero nada estaba realmente bien. Tenía ese aire de lugar detenido en el tiempo, como cuando en Psicosis llegas al motel y sabes, sin entender aún por qué, que algo está fuera de sitio. Un espacio que transmitía agotamiento sin decir una palabra. Un lugar que susurraba: “aquí aguantamos como podemos; aquí nadie está del todo cómodo.”
Mientras el equipo me enseñaba el centro, me contaron que en verano el aire apenas enfriaba y que en invierno la calefacción no daba para más, así que pasaban el turno con forros polares desde primera hora. Lo dijeron con una naturalidad que me descolocó. Lo tenían tan asumido que ya no lo vivían como un problema. Era “lo de siempre”. Era “lo normal”.
Y, sin embargo, cada parte del cuerpo te dice que no lo es. No es normal intentar recuperar fuerzas en un catre que no sostiene. No es normal pasar frío en una guardia de doce horas. No es normal no tener ni una taquilla donde cambiarte y dejar tu ropa con dignidad. No es normal, aunque allí ya nadie lo cuestione.
Y cuando todo esto se normaliza —el frío, el calor, el ruido, la falta de espacio, la ausencia de cuidado— aparece algo todavía más peligroso: el desgaste silencioso. El burnout no llega con un gran estallido, llega así, por goteo. Llega cuando el entorno exige más energía de la que devuelve. Llega cuando la clínica drena antes de empezar. Y está tan documentado que asusta: en entornos sanitarios, más del 40% del burnout no depende del volumen de trabajo, sino de factores ambientales y organizativos. No es el trabajo clínico lo que rompe a un profesional; es trabajar sin sentir apoyo, sin sentir control, sin sentir que el lugar acompaña. Y eso, aunque no figure en ningún KPI, pesa como una losa.
Quizá por eso siempre he tenido una sensibilidad especial hacia este tema. Necesito que mis equipos trabajen en espacios dignos. No hablo de lujo. No hablo de gastar más o menos. Hablo de condiciones básicas que digan, sin decirlo: “nos importa cómo estás”. Porque el confort no es un premio. Es parte del trabajo. Y cuando falta, todo lo demás se resiente.
Durante mucho tiempo pensé que esto era solo una cuestión de sentido común. Hasta que descubrí que no: que había literatura científica que llevaba años demostrando que el entorno físico condiciona la forma en la que pensamos, decidimos y nos relacionamos.
La primera vez que leí sobre la teoría de la carga cognitiva me pareció una obviedad escrita con rigor. Explica algo sencillo: el desorden, el ruido, la mala iluminación o las condiciones térmicas inadecuadas consumen energía mental. Y la consumen sin que uno lo note. Es como ir perdiendo gasolina por un pequeño escape: no ves la avería, pero te quedas sin motor antes de tiempo.
Poco después descubrí un estudio del Building and Environment Journal que me pareció todavía más revelador: los entornos de trabajo demasiado cálidos reducían la productividad hasta un 20%, y los demasiado fríos multiplicaban la irritabilidad. En otras palabras, la temperatura podía influir en el rendimiento tanto como la propia carga de trabajo. Y, aun así, solemos tratarla como un detalle menor, o que sólo importa para el confort del cliente.
Y en paralelo, la teoría de los entornos restaurativos, de los Kaplan, demostraba que la percepción de control, la luz natural, el orden y los colores suaves reducen el cortisol, mejoran la concentración y generan una sensación íntima —pero real— de bienestar. Nada místico. Nada mágico. Cerebro humano funcionando mejor en un espacio que no lo agrede.
Después de leer todo aquello, empecé a mirar las clínicas con otros ojos. O quizá con los mismos, pero con más argumentos.
Porque es evidente que un equipo que trabaja rodeado de paredes sucias, olores desagradables y una sala de descanso que parece un trastero empieza el turno en desventaja. No porque sean peores profesionales, sino porque el entorno ya les ha quitado parte de la energía antes del primer paciente.
Y también he visto el efecto contrario: centros donde un simple cambio de iluminación, una pared pintada, un rincón ordenado o un sofá digno transformaban el ambiente sin cambiar ni a una sola persona del equipo. Había algo en ese orden nuevo, en esa luz, en esa sensación de cuidado, que hacía que las conversaciones fueran más suaves y los días menos cuesta arriba.
No es magia. Es fisiología. Y, sobre todo, es cultura.
Porque el aspecto de una clínica habla. Habla del nivel de cuidado. Habla de prioridades. Habla de si el equipo importa solo cuando produce o también cuando descansa. Habla del respeto, del detalle, de esa forma silenciosa de liderazgo que no ocupa titulares pero sostiene turnos enteros.
He visto muchas transformaciones en estos años. Algunas llegaban con nuevos responsables, otras con cambios en la gestión, y otras —las más silenciosas— llegaban con una mano de pintura, unas taquillas o unas consultas que dejaban de ser un castigo.
Por eso, cuanto más lo pienso, más claro lo tengo: el entorno también lidera. Lidera sin discursos, sin reuniones, sin plan estratégico. Lidera cuando cuida, cuando sostiene, cuando hace el trabajo un poco más fácil. Y cuando el entorno lidera bien, todo lo demás tiene más espacio para funcionar.
Al final hablamos de dignidad. De temperatura adecuada. De luz que no hiera. De descanso real. De detalles que dicen: “nos importas”.
Y en un sector donde pedimos tanto a la gente, qué menos que ofrecerles un lugar donde trabajar no sea una prueba de resistencia.
A veces no necesitamos grandes cambios para mejorar un centro. A veces solo necesitamos que el espacio deje de ser un enemigo silencioso. Y empiece, por fin, a cuidar también.
