Hay experiencias que no se entienden desde la comodidad, sino desde el borde del precipicio. Desde ese lugar donde el cuerpo flaquea, la cabeza duda y avanzar se convierte en un acto de pura voluntad.
Este fin de semana terminé la Ultra Costa de Almería: 75 kilómetros, 7600 kcal de gasto y un corte final que crucé por solo tres minutos. Tres minutos que, lejos de parecer poca cosa, me han dado una de las lecciones de perseverancia y liderazgo más claras e íntimas que he vivido.
La carrera empezó bien. Muy bien. Ese arranque en el que te convences de que has entrenado lo suficiente, que hoy va a fluir, que la cabeza está centrada y que, si mantienes el modo conservador y guardas cada gramo de fuerza, tendrás un día casi perfecto.Pero la ultradistancia tiene un talento único: desmontarte sin avisar.
A falta de 10 kilómetros, tras el último avituallamiento, se abrió el suelo bajo mis pies: vómitos, estómago bloqueado, frío repentino, cuerpo vacío, mente desorientada. La sensación brutal de que el cuerpo está buscando cualquier excusa para obligarte a parar. Y la mente —que siempre va un paso por detrás— empieza a negociar: “¿Por qué sigues?” “¿Para qué?” “¿Qué necesidad tienes de esto?”
Ese diálogo interno lo he visto en muchos responsables de centro, pero con otras palabras: cuando el clima se complica, cuando no das abasto, cuando lo que antes era gestionable ahora parece una montaña imposible.
Ahí, en mitad del desierto, doblado por las náuseas, entendí que lo único que podía hacer era sostenerme.
La playa estaba desierta y oscura. El viento de frente. Las dunas parecían burlarse de mí. La luz de meta se veía a lo lejos, brillante, prometedora… pero cada vez que avanzaba, parecía alejarse un poco más. Los corredores a los que había adelantado horas antes me pasaban uno tras otro. Y yo, incapaz de sacar el frontal de la mochila, avanzaba guiado únicamente por la luna. La luna, que a ratos se escondía detrás de las nubes y me dejaba completamente a oscuras, como si quisiera comprobar qué hacía yo sin referencias.
En ese tramo empecé a caminar en zig-zag sin darme cuenta. No era torpeza. Era agotamiento. Era el cuerpo diciendo “hasta aquí” y la cabeza intentando sostener un poco más.
Y fue ahí donde apareció una parte que no esperaba: los pensamientos. Los de verdad. Los que solo salen cuando estás al borde.
Pensé en los que ya no están. En las personas que formaron parte de mi vida y que, de alguna manera, siguen conmigo cada vez que necesito fuerza. Pensé en mi familia. En mi padre esperándome sin saber en qué punto del infierno estaría yo en ese momento. Pensé en conversaciones pendientes, en decisiones que he tomado este año, en momentos que me han cambiado y en personas que me han sostenido. Pensé en quienes me quieren bien. En quienes me han inspirado. Pensé en que esta era la única carrera en la que abandoné años atrás, cuando mi hijo estaba enfermo y la cabeza simplemente no podía más. Y pensé incluso en mis clientes, en mis equipos, en mis responsables, y en lo que siempre les digo cuando están agotados: “Busca una razón. Una sola. Y camina hacia ella.”
Y eso hice. En esa última hora fui buscando motivos, agarrándome a cualquiera que me regalara un metro más. No mil metros: uno. No un kilómetro: un paso. Tuve que pararme varias veces, inclinarme y apoyar las manos en las rodillas para coger aire, como si cada respiración fuese una negociación entre mi cuerpo y mi voluntad.
En gestión pasa igual. Cuando estás roto, no tiras de planificación. Tiras de sentido. De propósito. De algo que te dice: “sigue un poco más, que no es aquí donde te puedes quedar”.
Cuando por fin alcancé la primera farola, sentí algo parecido a llorar sin lágrimas. La luz significaba una cosa muy simple: “ya no estás en tierra de nadie”. Aún quedaba un kilómetro eterno, pero ahora era un kilómetro posible.
Llegué al pabellón sin entender nada. La gente me gritaba que no parara, que siguiera, que corriese, que no me detuviera. Yo pensaba que era ánimo, que era la emoción del final… hasta que crucé la meta y el speaker, con la voz medio rota, me dijo: “Si llegas tres minutos más tarde, estás fuera.”
Tres minutos. Tres.
Abracé a mi padre, que estaba llorando, y me di cuenta de algo que nunca había entendido tan bien: no fue mi mejor carrera, ni mi mejor tiempo, ni mi mejor versión. Pero fue, sin duda, mi carrera más honesta.
La carrera en la que no hubo nada que esconder. La carrera en la que me lideré sin luces, sin fuerzas, sin garantías. La carrera en la que entendí que avanzar no siempre es brillar. A veces avanzar es simplemente no rendirte.
Y esa es la reflexión que me llevo para mí, para mi trabajo y para cualquiera que lidere equipos:
El liderazgo real aparece cuando ya no puedes correr, cuando avanzas en zig-zag, cuando estás cansado, cuando caminas a oscuras y aun así buscas una razón —aunque sea pequeña— para dar un paso más.
Liderar no es tenerlo todo claro. No es tener siempre energía. No es ir siempre a buen ritmo.
Liderar es sostenerte cuando estás roto. Es ser honesto con tu estado real. Es ajustar sin culpa. Es avanzar despacio, pero avanzar. Es buscar motivos cuando ya no quedan fuerzas. Es confiar en que la constancia —no la velocidad— es lo que te lleva.
Terminé por tres minutos. Pero terminé porque supe cuándo conservar, cuándo soltar y cuándo simplemente caminar hacia la luz, aunque pareciera que nunca llegaba.
Y eso, dentro y fuera de las carreras, dentro y fuera de las clínicas, es el tipo de liderazgo que de verdad cambia algo. Porque a veces la grandeza no está en cómo llegas, sino en todo lo que tuviste que sostener para no abandonar.
Miguel Ángel García Dirección y desarrollo de centros veterinarios desde la experiencia y la sencillez.
