Con el tiempo he aprendido que el liderazgo no se complica por los grandes conflictos, sino por los pequeños gestos que dejamos pasar. Ese “no voy a decir nada”, ese “ya lo hablaré otro día”, ese intento de proteger a alguien evitando una conversación incómoda. Suena bien, parece empático… pero rara vez lo es. Ahí entendí que una de las trampas más peligrosas del liderazgo es confundir amabilidad con no molestar.
Hay una idea muy repetida en liderazgo que siempre queda bien en una diapositiva: “Sé amable. Sé cercano. Evita tensiones. Cuida a tu equipo.” Perfecto… hasta que alguien lo traduce como: “No incomodes. No pidas más. No confrontes. Que nadie se moleste.” Ahí es donde empieza el desastre. Ese “buen ambiente por encima de todo” se convierte rápido en un “mejor no decir nada”, un “ya lo hablaré mañana”, un “seguro que se arregla solo”. Y no se arregla. Jamás se arregla.
El buenismo —ese liderazgo hiperamable que trata cualquier roce como si fuera ácido— parece tierno, parece protector… pero es abandono.
A primera vista, un líder buenista es el jefe ideal: sonriente, accesible, cero confrontación. Pero basta quedarse un rato para ver el otro lado de la moneda: equipos que funcionan a medio gas, pequeñas molestias sin verbalizar, motivación que sube y baja como una persiana y un clima lleno de silencios incómodos.
La psicología del trabajo lo lleva advirtiendo décadas. Barry Staw, de Berkeley, describió ese fenómeno perfectamente: cuando un líder esquiva las conversaciones incómodas para “no hacer daño”, el equipo entra en una espiral de complacencia. La gente baja el ritmo, el bajo rendimiento se normaliza y lo intolerable empieza a tolerarse. No por maldad, sino porque el contexto lo permite. Amy Edmondson, referente en seguridad psicológica, lo dejó claro: la confianza no se crea evitando el conflicto, sino hablando claro. No hay seguridad psicológica sin verdad, ni verdad sin un poco de incomodidad.
Hace un tiempo entré en un centro donde, según su responsable, “todo iba rodado”. En poco rato entendí que aquello no era calma: era resignación. Personas agotadas cubriendo el trabajo de quien ya había desconectado. Un tema crítico que llevaba meses guardado en un cajón. Un silencio tan frágil que, si lo rozabas, se rompía. No había conflicto porque ya no quedaba energía ni para discutir.
Y te confieso algo: yo también he caído en ese error. Por proteger demasiado. Por pensar que alguien “ya remontará”. Por no querer ser duro. Hasta que un día te das cuenta de que has permitido pequeñas injusticias que crecen como moho. Que por evitar una conversación de diez minutos has generado un desgaste que te acompañará meses.
La gente no quiere líderes buenistas. Quiere líderes justos. Líderes que digan la verdad aunque incomode. Líderes que no miren hacia otro lado cuando algo va mal. Porque el líder que confronta con respeto no hace daño. El que no confronta, sí.
La parte práctica es más simple de lo que parece: Cuando algo duela, dilo. Cuando algo se tuerza, nómbralo. Cuando alguien se pierda, siéntate. No desde la bronca ni desde la superioridad. Desde la responsabilidad. La conversación difícil es, paradójicamente, la mayor muestra de cuidado que puede tener un líder. No es gritar. No es humillar. Es sostener.
El liderazgo real, el que transforma, es el que mezcla claridad y respeto. El que abraza cuando toca y aprieta cuando es necesario. El que dice las cosas sin miedo, pero sin perder la mirada humana. Ese liderazgo, el que corrige sin destruir y acompaña sin rendirse, ese sí salva equipos.
