Hay días en los que liderar se parece más a sostener un equilibrio invisible que a tomar decisiones. Días en los que uno siente que el equipo no necesita únicamente instrucciones, ni tampoco un exceso de comprensión que lo diluya todo. Necesitan dirección, sí, pero también humanidad. Y en ese espacio estrecho —ese punto exacto entre quien empuja y quien abraza— es donde de verdad se juega el liderazgo.
Liderar equipos está a años luz de ese liderazgo de escaparate que tantos defienden sin haber sostenido nunca a un equipo de verdad. Desde fuera todo parece limpio, ordenado, casi perfecto. Pero lo que se ve desde el otro lado del cristal no enseña lo que cuesta un conflicto, una guardia difícil o una conversación incómoda. Hablar es fácil. Liderar de verdad, no.
A lo largo de estos años he visto esta tensión una y otra vez en los centros veterinarios. Equipos agotados, emociones intensas, decisiones que no admiten demora y un ritmo que apenas deja margen para respirar. En ese contexto, liderar no consiste en aplicar un manual perfecto, sino en aprender a leer lo que no se dice. A veces el equipo pide que marques un rumbo claro, que tomes decisiones firmes, que pongas límites. Otras veces, lo único que necesita es que alguien vea el cansancio detrás de una mirada, el nudo en la garganta que nadie menciona, la presión emocional que se va acumulando día tras día. Y casi siempre, si somos honestos, necesitan ambas cosas a la vez.
Nada de esto es casualidad. La ciencia ya lo explicó antes que nosotros. La psicología organizacional habla de dos necesidades fundamentales: la seguridad y el desafío. La seguridad crea el espacio mental para expresarse, equivocarse, plantear dudas y pensar sin miedo al juicio. El desafío despierta el impulso de avanzar, de aprender, de sentirse parte de algo con sentido. Cuando falta seguridad, el equipo se encoge. Cuando falta desafío, pierde brillo. Y cuando conviven, aparece ese tipo de energía tranquila y sólida que distingue a los mejores equipos.
Pero ese equilibrio no se sostiene solo. Siempre hay alguien que lo regula. Y ahí es donde quiero poner la mirada.
Convivir cada día con esta complejidad cambia la forma en la que uno entiende el liderazgo. Con el tiempo comprendí que no es un rol rígido, sino un ejercicio constante de presencia. He vivido días en los que tocaba pedir más: más orden, más precisión, más responsabilidad. Días en los que había que parar una dinámica, corregir un desajuste o tomar una decisión incómoda. Y también he vivido días en los que la única acción sensata era bajar el ritmo, escuchar y dejar que el equipo respirara. Antes de preguntar por un procedimiento, preguntar por la persona. Antes de pedir algo, comprobar si había energía para hacerlo.
Y, por supuesto, no siempre acerté. A veces fui demasiado rápido, otras demasiado lento. A veces exigí más de la cuenta y otras fui más tolerante de lo necesario. Y sí, también me he caí alguna vez. Pero levantarme ha sido siempre la parte que más me ha enseñado. Con los años descubrí algo fundamental: el liderazgo no se mide en aciertos, sino en coherencia. En la capacidad de asumir errores, explicarse, pedir disculpas cuando toca y reconstruir la confianza desde ahí. Los equipos no esperan líderes perfectos. Esperan líderes presentes.
Ese equilibrio del que hablo no aparece por iluminación, sino por entrenamiento. Se construye en conversaciones que cuesta iniciar, en silencios que permiten entender mejor lo que sucede, en gestos tan pequeños que nadie los vería desde fuera. Se construye también desde el error: en ese instante en el que te das cuenta de que te has pasado de firmeza o que te has quedado corto de sensibilidad. El liderazgo es, al final, un oficio de ajuste fino.
Una de las lecciones más importantes que aprendí es que el líder se convierte, quiera o no, en el regulador emocional del equipo. Su tono marca el ritmo. Su calma baja pulsaciones. Su tensión las acelera. Su claridad ordena. Su dispersión confunde. Es una responsabilidad silenciosa, casi invisible, pero determinante. Y cuando uno la asume, deja de ejercer un rol para empezar a habitar una forma de estar.
Hay momentos especialmente reveladores en los que este equilibrio se sostiene bien. No aparecen en los indicadores ni en los informes, pero se sienten. El ambiente cambia. El equipo empieza a hablar sin miedo, a proponer ideas que llevaba tiempo guardando, a reconocer errores como parte del camino. Los roces se resuelven antes de hacerse grandes. La risa vuelve a sonar en los días pesados. Es un clima, no un resultado. Y cuando aparece, se nota.
Ese es el liderazgo que busco. No el que llena una sala con discursos grandilocuentes, sino el que transforma un equipo desde la serenidad. No el que levanta la voz, sino el que inspira confianza. No el que separa, sino el que une. Un liderazgo que exige cuando hace falta, que acompaña cuando es necesario y que, sobre todo, sabe estar presente sin hacer ruido.
Conclusión
Liderar entre la exigencia y la empatía no es una habilidad que se consigue una vez y queda resuelta. Es un ejercicio permanente, imperfecto y profundamente humano. Es observar, regular, ajustar, corregir, sostener… y también detenerse. Es combinar firmeza con vulnerabilidad, dirección con escucha, convicción con calma.
Porque cuando un líder encuentra ese punto exacto —ni duro ni blando, sino justo y humano— ocurre algo extraordinario: el equipo empieza a trabajar con otra fuerza. Con otra luz. Con esa mezcla de orgullo y serenidad que solo aparece cuando las personas sienten que están construyendo algo que merece la pena.
Ese es el liderazgo que quiero para nuestra profesión. El que cambia una clínica desde dentro. Y también, poco a poco, el que transforma a quien lo ejerce.
Miguel Ángel García Dirección y desarrollo de centros veterinarios desde la sencillez.
